LA MULATA DE CÓRDOBA, por Jermán Argueta

sta bella leyenda, aunque no tiene asidero en la historia real, sí representa el imaginario colectivo que imperaba en la época virreinal; el estigma hacia la mujer que podía ser tentada por el deseo. Y el deseo era pecado inducido por el Diablo. Esta mentalidad llegó con los españoles al desembarcar en tierras continentales de América y ejercer su dominio desde principios del siglo XVI.

Y así toda mujer podía ser tentada por las fuerzas malignas y dedicarse a la magia de la seducción y, por lo tanto, a la hechicería. 

La historia documenta los primeros casos de mujeres quemadas allá por los años de 1397 en Bollingen, Suiza. Y desde este siglo XIV hasta el XVIII, la mujer en Europa y, por supuesto, ya en América, será como lo enuncia Juan Crisóstomo: la enemiga de la amistad, el mal necesario, la tentación natural, la calamidad deseable, el peligro doméstico, el flagelo deleitoso, el mal pintado con colores claros.

Y el teólogo e inquisidor Bernardo Rategno decía, palabras más, palabras menos, que Eva fue creada de la costilla de Adán y puesto que la costilla es un hueso curvo, el espíritu de la mujer no dejaba de ser retorcido y perverso. El Diablo tentó a Eva y ésta sedujo a Adán y lo condujo a la falta. Y hasta hoy, paradoja de los males de la humanidad, muchos religiosos siguen pensando que la mujer es responsable de la caída del hombre.      

¡Ah, la mujer! Sí, por todo esto la mujer ha tenido que soportar, desde entonces, la misoginia de los religiosos desde esas épocas llevadas al extremo, para resaltar en ellas su virginidad como santificación (la Virgen es pura) y su cuerpo como tentación y pecado. Tocar el cuerpo de la mujer llevaba a la fornicación, a incendiar la pasión y vivir las formas más extremas del placer. Y el placer era el pecado. 

Así, en el año de 1486, Jakob Sprenger y Heinrich Kramer publican en Estrasburgo un libro de éxito extraordinario llamado Malleus Maleficarum, el Martillo de las Brujas, donde señalan el vínculo entre la brujería y la mujer.

Y la brujería, desde esos tiempos, no está más que ligada al chamanismo y a la relación mágica con la curación. Las artes de la curación también están ligadas con la magia y la magia era vista como maléfica.

Regresando a La Mulata, no podemos más que sorprendernos que ella, con su belleza y sus dones para curar, sorprendió a los inquisidores  porque, dice la leyenda, que no la pudieron quemar. Ella utilizó el portento de su magia para… Mejor vayamos a esta hermosa leyenda que rompe con el estigma de la mujer dócil y victimada por el poder de los hombres.

 

*** 

 

Ahí, en una de las mazmorras del palacio de la Santa Inquisición, está la Mulata de Córdoba. Camina, camina por su celda de cuatro varas de ancho por cinco de largo. Camina, y escucha los gritos, los lamentos que vienen de la sala de tortura. Escucha cómo una mujer está siendo torturada en el potro, donde con grandes sogas les estiran las extremidades. Su cuerpo desnudo es visto con lujuria por el verdugo, y le dice que confiese si es bruja o si es hereje y si cree en la ley de Moisés, de los judíos. Ella dice que no es bruja, que no la torturen, que no es judía.

El inquisidor, que es un fraile dominico, le dice que ese lunar que tiene junto al ombligo es la marca de mismísimo diablo. Acto seguido, le ordena al verdugo que entierre una gran aguja en el lunar y que si no sufre y grita, es porque sí es bruja.

La mujer está con todo el cuerpo deshecho y apenas siente cuando la aguja pasa sobre el lunar. No hay mucho dolor. Entonces el inquisidor, de rostro enjuto y pocos dientes, asegura que el no sentir dolor confirma que sí es bruja y tiene orgías con el diablo. Acto seguido, le dice al verdugo que la queme con el hierro candente que está sobre el bracero.

—¡Nooooo! —grita la mujer— ¡No me quemennnn, no me hagan  más sufrir. Mejor denme muerteeee!

El verdugo acerca el hierro candente sobre ese cuerpo desnudo. La mujer, angustiada, sufre al ver acercarse el hierro al rojo vivo. El verdugo pone el hierro, brasa ardiendo, sobre un lunar que tiene en el vientre. La  mujer grita, grita también el inquisidor del Santo Oficio que le pide que confiese su pacto con el Diablo.

Y en su mazmorra, La Mulata también escucha que la mujer pide piedad invocando a Dios y suplica que ya no la torturen.

Y La Mulata camina y camina y huele la carne quemada, huele las secreciones de la vida y de la muerte, de la muerte que acecha. Y los olores se mezclan. La Mulata siente la sangre muerta en su nariz, la sangre de los muertos que un día estuvieron con vida ahí, en su mazmorra, y que en el encierro y en la tortura dejaron la vida en las celdas del terrible palacio de la Santa Inquisición.

De pronto, el pensamiento se le va a la Villa de Córdoba, donde nació, no quiere escuchar más; se va con su pensamiento a la Villa de Córdoba. Hija de padre español y madre negra, aprendió las artes de la curación de su abuela que bien conocía de hierbas y de los dolores del cuerpo y del alma. Aprendió también de su madre a conocer las enfermedades mirando los ojos de la gente.  

Y La Mulata creció en la Villa de Córdoba y, ya de joven, se hacía acompañar por un negro liberto y viejo. De su fiel acompañante, la gente comentaba que era el mismísimo diablo. Otros decían que esa hermosa mulata tenía poderes mágicos y que se le podía ver al mismo tiempo en Antequera (hoy Oaxaca), Valladolid (hoy Morelia) o en la Ciudad de México. Y que en noches de luna grande y plateada se le veía volar sobre una escoba surcando la luna llena y sonreír con sus dientes aperlados. Muchos decían que de su choza, por las noches, salían lengüetas de fuego y que con su pelo negrísimo y ensortijado seducía a bellos mancebos y a nobles caballeros.

Eso decían, pero la Mulata era noble, de buen corazón para con sus hermanos de raza y para con los indios. A la iglesia le daba su diezmo, y cuando no tenía dinero le llevaba al cura gallinas, huevos, hierbas curativas.

Un día, cuentan, llegó un negro, delgado y pequeño, a su choza y le dijo, llorando y herido:

—Mulatita, que el amo me ha golpeado con el machete. Que golpea a mis hijos y a mi mujer con el látigo. Que me ha sangrado la espalda.

La Mulata le dio palabras de alivio y pasando sus manos tersas y poniendo yerbas sobre las heridas de la espalda le dijo amorosa y triste:

—Mira mi negrito, estos castigos un día pasarán. Los castigos para los negros y los indios un día serán cosa del pasado. Ya lo verá mi negro, ya no habrá látigos ni golpes.

Muchas de las veces también les daba dinero en tomines y reales, para que se compraran alimento o prendas o les regalaba alguna gallina, de las que recibía como pago por sus curaciones, para que sanaran más pronto con un buen tazón de caldo.

Y si la bella mulata acrecentaba su fama como curandera, para algunos; hechicera, para otros; también era cierto que socorría de buen corazón a sus hermanos de raza y a los indios en su desgracia. En la iglesia siempre se le veía por las mañanas dejar, religiosamente, su limosna a los pies de la Virgen de los Dolores.

Pero a La Mulata también la visitaban algunas mujeres criollas que requerían ayuda para enamorar a algún caballero. Un día nublado llegó una dama de no muy buen ver, pobre y además muy sobradita de peso y, eso sí, con altas pretensiones:

—¡Mulatita, he venido a pediros que me prepares alguna pócima porque quiero que me despose un apuesto caballero, que bien me quiera, que me apapache, y que tenga muchos reales y ducados y una buena hacienda!

—¡Hay mi’ja, que yo hago curaciones no milagros!

—¡Está bien Mulatita, aunque no sea apuesto, pero que tenga muchos reales y que me quiera mucho!   

—¡Mi’ja, qué cosas pedís!

—Está bien, aunque no tenga reales pero que bien me quiera y que me apapache por las noches.

Y sí, a la choza de La Multa, por la fama que bien ganada tenía, llegaba también gente que la quería conocer y cerciorarse de sus virtudes en la hechicería. Así, un día ya bien entrada la noche, llegó un caballero español conocido por haber dilapidado la fortuna que le dejó su padre en los juegos legales por acuerdo real y prohibidos también por disposición real.

—¡Mulata, que me han hablado de vos, que sois una mujer que me puede preparar algo para recuperar la fortuna que he perdido en los juegos! ¡Que he perdido en los gallos, en las bolillas y los naipes!.

La Mulata le miró la facha y le miró la desventura en sus ojos y su pronta muerte. El caballero, que ahora dejaba ver su rostro después de haberse quitado su amplia capa, pudo observar, alumbrado por la luz titilante de la vela, la cara hermosa y bello cuerpo de la mujer.

—¡Pero, vive Dios! Por la Virgen de la Macarena; qué bella sois... por vos soy capaz de arrojar a mi mujer a un barranco ¡Mulata, pongo mi fortuna, la que aún me queda, a vuestros pies, pero larguémonos de aquí!

—¡Callad, caballero! ¿Qué queréis?   

—¡La quiero a vos, la quiero para mi todos los días y todas las noches que me restan de vida!

—¡Callad, caballero y si eso es a lo que venís, entonces podéis largaros ya!

—¡Está bien Mulata!— el hombre no tuvo más remedio que bajar la mirada ante la altivez y el rostro enigmático de La Mulata —Está bien, quiero que me hagáis algún amuleto o pócima. ¡Quiero recuperar todo lo perdido en el maldito juego!

Ahora, La Mulata deja de recordar y regresa a la mazmorra en donde está, oscura, sofocante de olores agrios. Camina en círculo y escucha los gritos de la mujer que sigue siendo torturada y oye claramente las palabras del fiscal del Santo Oficio quien asegura, frente al cuerpo deshilachado de la mujer, que el lunar que tiene en el vientre es la prueba que necesitaban para acusarla de su pacto con Satanás.

Y La Mulata camina y camina por la estrechez de ese cuarto maloliente y huele las secreciones del encierro. Y la orina y la mierda pululan en medio de la oscuridad y de los ayes y lamentos de un hombre al que ahora el verdugo le arranca con unas pinzas una a una las uñas de sus manos. Y la sangre caliente incendia de color rojo púrpura las terroríficas pinzas que se abren y se cierran, y la uña y la sangre caen al piso ahí donde la sangre se mezcla con la mugre y se suma a la sangre seca de otros reos ya muertos en esa sala de tormentos.

La Mulata también escucha los ruegos de un reo (su abuela se lo dijo: “Tus oídos, mi negrita, serán finos y aprenderán a escuchar y a distinguir el canto de las aves y el dolor lejano de la gente”) que está colgado de unos grilletes sobre un muro ennegrecido por el humo de las antorchas que alumbran el lúgubre lugar. El hombre, que por ropa tiene sólo harapos, pide inútilmente agua para saciar su sed y untar sus labios resecos. 

De pronto La Mulata detiene su andar en su celda y de nueva cuenta su pensamiento se le va a la villa de Córdoba y recuerda...   

Un día, ya por la tarde y después de que el cielo se despejaba de unas nubes que habían dejado caer un buen chubasco sobre las tierras de la villa de Córdoba, llegó agitada a la choza una dama española que bien vestía y mejores joyas mostraba en su pecho. Y ya en el centro de la humilde casita, y sin más preámbulo ni ceremonias ni protocolo, miró titubeante a La Mulata e inmediatamente le dijo lo que quería.

—¡Mujer, quiero saber con quién me engaña mi marido!

Tras la ventanita de la choza se miraba el perfil negruzco de los árboles que rodeaban la choza; arriba, el cielo tenía un azul intenso y unos jirones de nubes danzaban lentamente alrededor de una luna perezosa en cuarto creciente. La Mulata observó la desesperanza de la mujer. Tendría unos treinta años y un rostro ajado por los insomnios y el martirio de los celos.

La Mulata agarró los naipes y los empezó a barajar. Miró a la mujer, pasó el naipe por su cuerpo de ropas finas. Le pidió que tocara las cartas y una a una las empezó a dejar caer sobre la mesa hasta llegar a dieciséis: Empezó a leer el mensaje  de las imágenes. Miro a la mujer, se miraron ambas, una con la ansiedad, otra con la certidumbre del mensaje de las cartas. La Mulata habló:

—Amita, tu marido no te engaña.

—¿Cómo que no me engaña? Me traiciona, lo sé. Este cuerpo mío lo sabe. Y aunque el duerme conmigo no me toca y el fuego de mi cuerpo me consume las entrañas y mis ganas de amar no me dejan, vos lo sabéis, ni siquiera dormir.

—¡Amita, vuestro marido no te engaña!

—¡Que sí me engaña! ¡Sois una buena para nada! ¡Bah!

La mujer española agitó su amplio vestido y arrojó unos maravedíes y un par de ducados sobre la mesa; salió y su cuerpo se hundió en la oscuridad de la noche junto con su sirvienta que la esperaba afuera. Los perros, fieles guardianes de la choza, ahora habían dejado de ladrar, su olfato sólo retenía el olor de una mujer que deseaba amar y ser amada.       

Cuatro, cinco días después, la misma mujer regresó a la choza y ella misma se encargó de abrir la puerta y sin más se dirigió a La Mulata que, junto al fogón, preparaba unos ungüentos de sábila con grasa de víbora.

Mirando fijamente a La Mulata, le exigió:

—¡Quiero que me digáis, ahora mismo, con quién me engaña mi esposo! Pero, no quiero naipes, preparaos otra cosa... ¡Por tu boca sabré con quién me engaña!

La Mulata observó esos ojos inquisidores de la mujer y esa obsesión que traía en la cabeza. Tomó una vasija y echo unos huesos pequeños en ella, y los agitó y agitó en medio de su choza. Miró los ojos de la mujer, miró la noche y sus estrellas. Agitó una vez más y arrojó los huesos sobre el piso; una constelación de huesos como mensaje sobre la tierra estaba ahí frente a la mirada de la mujer. Arriba, una constelación de estrellas abrigó las pasiones bajo su mirada titilante.

La mujer española, inquirió con voz pausada:

—¡Decidme Mulata, con quién me es infiel quien debe de amar sólo a mí! ¡Apuraos con la respuesta!

La Mulata desenredó el mensaje de los huesos que estaban frente a ella.

—Amita, tu marido no te engaña.

—¿Cómo que no me engaña? ¡Maldita bruja, me engaña con vos! Tú, que andas con ese viejo negro que es el mismísimo diablo. Tú, que nos quitas a nuestros hombres. Tú, que me has robado el amor del marido mío. ¡Os voy a acusar con la Santa Inquisición, para que te quemen por bruja, por hechicera!

—¡Tu marido no te engaña!

La mujer se salió de la choza, pero al ser tanto su rencor seguía gritando.

—¡Os voy acusar con la Santa Inquisición!

—Tu marido no te engaña.

La mujer seguía amenazando con su voz lacerda por los celos.

—¡Os voy acusar con la Santa Inquisición, ya verás! ¡Os voy acusar con la Santa Inquisición! ¡Os advierto, os voy acusar con la Santa Inquisición!

La Mulata, retadora, le respondía ahora agitando su falda, con movimientos jocosos, mientras bailaba.

—¡Tu marido no te engaña, tu marido no te engaña, tu marido no te engaña, tu marido no te engaña...!        

Dos meses después llegaron los guardias del virrey a la Villa de Córdoba, preguntaron por la Mulata. Nadie les quería dar razón de ella.

Se internaron en el bosque, y después de caminar más de tres horas, el capitán dijo, a mirar una choza con huerta y cobijada por árboles frondosos, al frente un arroyo cantarino de agua.

—¡Seguro, que esa es la choza en donde vive la hechicera!

Tocó la puerta, nadie le abrió. Le dio un puntapié y sí, ahí estaba La Mulata, se estaba bañando en una tina de madera. 

El capitán, con fuerte voz, dijo.

—Mulata, daos presa que la Santa Inquisición os reclama para que te hagan arder en las llamas.   

Pero de pronto el capitán pudo mirar ese cuerpo desnudo de la bella curandera que de pie aún dejaba bajar el agua tibia en esos pechos y pezones minerales, y después descendía a las playas del vientre y al ombligo para deslizarse en el triángulo del deseo.

—Mulatita, —dijo el capitán mientras empezaba a sudar clavando su mirada en las bellas formas— he venido por vos... Y acercándose a ella le dijo con voz agitada y baja, para que no oyeran los guardias: Pero, si vuesa merced quiere, podemos escapar saltando por la ventana. ¡Mulata, acepta y yo os protejo para que no te queme la Santa Inquisición.

—¡Salid de aquí caballero! ¡Largaos de aquí capitán!

—Pero Mulata que, si vos no aceptáis mi ofrecimiento, os van a quemar por hechicera. El quemadero de San Diego de la Ciudad de México os espera. ¡Mulata!

—¡Largaos de aquí que en cuanto me vista saldré! Y sábelo: este cuerpo mío nunca será tuyo!

Al otro día, los guardias hicieron una celda de palos sobre una carreta. Dentro de ella subieron a La Mulata. Docenas de pobladores miraban con curiosidad y otros con tristeza a La Mulata que, erguida y bella, observaba con altivez a los guardias y a la mujer que la denunció.

Por el camino de Córdoba a la Ciudad de México, negros, mulatos, indios y mestizos la veían pasar en la carreta donde iba encerrada. La miraban con su altivez y su hermosura. Ella los miraba con enorme cariño.

—Mulatita, no dejéis que la Santa Inquisición os vaya a quemar. —y lastimeramente agregaban a su desventura— ¿Quién cuidará de nosotros, Mulatita?

Ella les decía que no se preocuparan, que nada malo le sucedería, y su mano salía entre los barrotes y más manos de muchos colores de la tierra la acariciaban.                                  

Ahora los recuerdos, recuerdos son. La Mulata camina y de pronto detiene su andar y grita fuerte para ser escuchada.

—¡Carcelerooo! ¡Carceleroo, venid! ¡Carcelerooooo!

—¡Voto al diablo, qué queréis Mulata! ¡Qué son las cuatro de la madrugada! ¿Qué queréis?— El carcelero asomó sus ojos saltones por una pequeña ventana.

—Traedme un carboncillo, buen carcelero.

—¿Un carbón? Si quieres fuego yo te lo doy, Mulatita, dejadme entrar. 

—¡Callad y traedme un carboncillo!

—¡Pero Mulata, en lugar de que estuviérais rezándole al Santísimo para que os perdone, me decís: Traedme un carboncillo!

—Traedme un carboncillo. 

El carcelero se fue, regresó. Entregó el carboncillo, se volvió a ir.

En ese momento, con el carboncillo, La Mulata empezó a pintar en el muro de la mazmorra un gran barco con unas velas amplias y extendidas. Pintó y pintó. Y cuando hubo terminado de pintar el barco gritó. Y su grito retumbó en varios ecos por los amplios muros y celdas de la cárcel inquisitorial. 

—¡Carcelerooooo! ¡Carcelero, presto venid aquí!

—¡Joder, que son las cuarto menos cinco de la mañana, ahora qué diablos queréis!... ¡En lugar de que testuviérais encomendándote al Señor!

—¿Qué le hace falta a mi barco, carcelero, decidme?

—¿Cuál barco? ¿Os estáis quedando loca? Rezad Mulata, rezadle a todos los santos, mira que te van a quemar pronto.

—¿Qué le hace falta a mi barco carcelero?

En ese momento una luz penetró en medio de la mazmorra, iluminó la celda, y el guardia miró asombrado y boquiabierto el muro de la celda.

—¡Ahhh, es un hermoso barco, Mulata!

—¿Y qué le hace falta?

—Mmm. ¿Qué le hace falta. Ya sé, le hace falta el timón.

—Si eso decís, lo tendrá —Y pintó, pinto el timón. —¿Y ahora que le hace falta?

—¡Mmmm. ¡Que tenga las velas más grandes!

—Si vos eso pedís, las tendrá. —Y pintó, pintó. —¿Y ahora que le hace falta?

—¡Bahh! A tu barco le hace falta… que navegue.

—¿Que navegue, carcelero?

—¡Que navegue, Mulata!

—¡Si vos eso queréis, navegará!

Y La Mulata subió lentamente al barco y éste empezó a navegar en el oleaje de la pared, con las velas hinchadas de viento, hasta perderse en un rincón, en medio de una estruendosa carcajada.

—¡Ja,ja,ja!

 Muy entrada la mañana, dos guardias pasaron a la celda de La Mulata. Pero de La Mulata no vieron nada, sólo escucharon un viento en libertad.

¿Y el carcelero? El carcelero estaba muerto, ¡muerto!, agarrado a los barrotes y mirando con sus ojos desorbitados lo más profundo de un rincón de la celda.

 

Jermán Argueta 
Crónicas y Leyendas Mexicanas

 

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